VERGÜENZA, CULPA Y CONFUSIÓN

SHAME (Steve McQueen. Reino Unido 2011)

Una de las mayores indagaciones de la autoría  contemporánea, se articula en torno a la representación del cuerpo y su exposición omnipresente como síntoma y huella de las pulsiones y desgarros de la existencia humana. Cineastas como David Cronenberg, Claire Denis, Gus Van Sant, David Lynch, Kim ki-duk, entre otros, han centrado su corpus fílmico en él como realidad primigenia, ya que deviene inmediato símbolo de nuestra experiencia con el entorno que nos rodea. Steve McQueen con Shame y su anterior película Hunger (2008) viene a inscribirse en esta corriente, legándonos dos obras arrebatadoras.

En Shame el físico humano no es objeto de alteraciones o manipulaciones voluntarias como resultado de una identidad quebradiza, pero se transmuta en una paradoja de irresoluble resolución en cuanto integra en sí mismo una fuente de placer y de dolor. El primer principio, el que referencia la satisfacción personal, alude a su propia dimensión corporal y febril como resultado de una impulsividad desenfrenada, que devora la capacidad de elección. Es un hedonismo desbocado que monopoliza la actividad y el comportamiento . El segundo, el malestar interno, se manifiesta en la misma superficie como vestigio de un bloqueo emocional, como síntesis de una incapacidad subyugante para poder manifestar su afectividad.

McQueen, a través de la adicción al sexo reflexiona sobre las obsesiones voluntarias en las que el hombre se sumerge, penetrando con precisión quirúrgica en una operación psicológica de suplantación. Brandon (Michael Fassbender), su personaje principal, emborrona su identidad por elementos que pueden ser constitutivos de un orden organizado y estable, pero que en su aprensión desmesurada (el placer físico) o en su negación extrema (la expresividad sentimental) deviene una absoluta bajada a los infiernos. El esquema planteado no es novedoso, teniendo en cuenta que la codificación utilizada es la misma de la que tradicionalmente el cine se sirve para hablar de las adicciones, con el alcoholismo en la cabeza. El Fassbender de McQueen responde a las mismas coordenadas narrativas que el Ray Milland de Billy Wilder en Días sin huella (The lost weekend, 1941), donde se cambia el alcohol por sexo. Pero lo que testimonian las dos producciones del realizador británico es una preocupación por visualizar, mediante la ficción, tabús y temas controvertidos de nuestra sociedad contemporánea, imprimiendo un sello personal y distintivo que se hace patente en Shame.

Su dibujo del viaje hacia la entropía anímica, en clave de evolución ascendente, opta por la sobriedad expositiva. Su puesta en escena, en contraste con la condición compulsiva y frenética de su personaje, tiende a la planificación visual en aras de una purificación estética, donde el plano alude a un espacio minimalista que otorga aire a la composición de los elementos. Siempre se imprime un (inquietante) vacío, desechando, tanto una abigarrada plástica repleta de objetos y personas que saturan el marco visual, como una estilización trastornada como seña de identidad.

El terreno del desconcierto , que siempre está oculto, pero es inherente en cada paso que el protagonista da en su cotidianeidad rutinaria, está somatizado por una densa atmósfera que se construye mediante el implacable y certero trabajo austero y la disposición espacial de los cuerpos y objetos en el marco visual. Esta exposición, que tiende a lo mínimo para transmitir lo máximo, además se suele articular mediante la concatenación de prolongadas cápsulas espacio-temporales, que se constituyen mediante duraderos planos secuencia, donde la cámara permanece fija, para que el actor pueda desarrollar su trabajo con total libertad, sin manipulaciones fílmicas que adulteren, interrumpan o entorpezcan su actitud interpretativa. Facilita las mejores condiciones para que el intérprete pueda dar lo mejor de sí mismo. Lo que realiza Michel Fassbender, mediante un rol que le exige un dibujo interiorizado, en un papel de puertas adentro, que no se expande sino que se contrae en un abismo interior, es magistral, justificando su premio en el festival de Venecia.

Así mismo Shame permite a Carey Mulligan que se quite de encima su rol de chica dulce virginal y etérea a la que parecía estar confinada tras An Education (Lone Scherfig 2009), Nunca me abandones (Never let me go, Mark Romanek, 2010) o Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), con el papel de su hermana, Sissy, una cantante díscola, y en apariencia frívola y extravagante, pero con una alarmante tendencia suicida. Ella misma tiene una secuencia en la que canta íntegramente una versión de New York New York, porque Steve McQueen le da una importancia capital a la metrópolis, como si fuese descubierta para el cine, efecto conseguido muy destacable, dado lo acostumbrados que estamos a verla en la pantalla. Las noches de Nueva York no están constituidas como un espacio moralizado, pero el entorno urbano, dividido entre la actividad diaria que se consume en el trabajo y la noche que se reserva al ocio, sí que está remarcada, en su semblante dual, como un lugar propicio para consumar los vicios de la carne.

Shame, con su morosidad narrativa y su apelmazado desasosiego, siempre subterráneo, pero dispuesto a canalizarse a través de nuestro subconsciente, consigue producirnos una desazón e inquietud penetrantes, gracias a la efectiva incursión psicológica y afectiva, que se consigue a través de los notables actores. Con ellos nos hacemos partícipes de las almas heridas, supurantes de dolor y desconsuelo.

Begoña Cervigón Maruri

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